Las cosas no son fáciles o difíciles; lo que tú crees las hace difíciles o fáciles.

Son tus pensamientos y tus creencias los que condicionan tu percepción y crean tu realidad.

 

  • ¿Te irritas con facilidad cuando no consigues lo que quieres?
  • ¿Experimentas una rabia incontrolada si los demás no actúan de acuerdo a tus expectativas?
  • ¿Tienes explosiones de ira ante situaciones banales, como un atasco de tráfico?

Si tu respuesta es afirmativa en los tres casos, ¡alerta, puede que sufras el síndrome de «escasa tolerancia a la frustración»! Lo cual puede ser un serio obstáculo para alcanzar tus objetivos .

La persona que tiene una escasa tolerancia al fracaso no suele correr muchos riesgos. No se concede a sí misma el derecho a equivocarse –no se lo puede permitir- y si fracasa o comete un error se condena duramente por ello.

Se trata de una persona que se valora en función de sus logros. La consecución de sus objetivos es lo que le concede su valor como persona, mientras que el fracaso se lo quita. Esto explica su baja tolerancia a la frustración: su autoestima depende de ello.

Para este tipo de persona, no arriesgar es la apuesta más segura, la única que le permite proteger la imagen que tiene de sí misma. Cualquier otra persona con un concepto más elevado de sí misma puede arriesgarse, porque su lógica le dice que lo peor que le puede pasar es no conseguir su objetivo. ¡Pero sabe que hay más objetivos! ¡Y que sólo es una piedra en el largo camino! No porque se fracase una vez se ha de fracasar en todo.

Sin embargo, para la persona con un auto-concepto débil, lo peor no es solo no conseguir su objetivo sino lo que emocionalmente le va a costar: cuotas de frustración, sentimiento de indignidad y vergüenza.

La persona que se valora en virtud de sus éxitos o fracasos está siempre en la cuerda floja, porque sitúa su valor en factores externos sobre los que no tiene ningún control. En cambio, si renuncia a valorarse por sus logros, siempre podrá considerarse un ser humano valioso, independientemente de si ha tenido éxito o no. Para ello, es preciso que se acepte incondicionalmente, incluso cuando comete errores.

Por otro lado, este tipo de persona necesita sentirse aceptada por los demás para poderse aceptar a sí misma. Esto limita mucho su campo de acción ya que es probable que renuncie a sus objetivos si cree que pueden acarrearle algún tipo de rechazo por parte de la gente que le rodea.

La persona que tiene una baja tolerancia al fracaso y no se acepta incondicionalmente, ante la posibilidad de lanzarse a lograr una meta importante para él, suele sentirse indefenso y profundamente ansioso.

Pierde objetividad y focaliza toda su atención en las posibilidades inútiles en lugar de las útiles. No se le ocurre decir: «Está bien, me arriesgo». «Lo peor que puede pasarme es que me salga mal». «Tengo mucho que ganar y muy poco que perder». Sino que piensa: «No puedo hacerlo». «Si me sale mal me moriría de pena, vergüenza», etc. No evalúa las posibilidades negativas contrastándolas con las positivas. De hecho, fracasar no es caer, sino negarse a levantarse y volver a intentarlo de nuevo.

Las personas con poca tolerancia al fracaso tienen un pensamiento tremendista que le impide saber que no sólo existen posibilidades de fracaso sino también de éxito. Cree que si fracasa en una cosa concreta, el fracaso se extenderá como una gota de aceite a toda su persona. No es extraño que en él, la fuerza proteccionista que apunta a la pasividad sea superior a la fuerza que tiende hacia la superación y el logro.

Nos enojamos cuando algo nos frustra: desde algo tan pequeño como un atasco de tránsito hasta una amenaza a mi integridad física o mi honor. Los motivos son variadísimos y los grados de intensidad también, pero todos tienen un elemento común: debajo de cada enojo hay una frustración.

Para este síndrome no hay vacunas ni medicamentos (por el momento) pero, afortunadamente, puedes eliminar tu baja tolerancia a la frustración si eres consciente Y te decides a sanarlo. Aquí te dejo  un plan para resolverlo.

Un ejemplo: Un amigo me prometió que me devolvería un libro y cuando llegó el día, se olvidó. En este caso, mi deseo de recuperar el libro se frustra y ese deseo frustrado se convierte en enojo. La función esencial del enojo es darme más energía para enfrentar el obstáculo que produce mi frustración. El tema fundamental aquí es si yo he aprendido a canalizar adecuadamente esa fuerza, o no. Ese aprendizaje es una de las tareas más significativas que los seres humanos necesitamos realizar.

La frustración juega en contra, pero es energía al fin y al cabo, has creado energía, hasta ahí todo bien, pero ahora toca canalizarla, y darle un giro. Piénsalo: ¿qué ocurriría si canalizaras esa energía para construir en lugar de destruir?

Se trata de darse cuenta, ser consciente de que el problema no es la frustración sino en qué la conviertes.

Si te sientes frustrado por no conseguir lo que quieres, felicítate y no te dejes llevar por la rabia, la ira o el abatimiento, sino todo lo contrario. Indaga y pregúntate cómo convertirlo en algo bueno, que valga tu alegría.

La sociedad vive hipnotizada de la gratificación inmediata. La publicidad bombardea con la promesa de que es preciso obtener rápidamente todo lo que quieras: Por un click, por adelgazar sin esfuerzo, por convertirte en una persona atractiva con un perfume, obtener la felicidad por conducir un coche, etc… Cuentos de Caperucitas y lobos, ahora que he vuelto a leerlo gracias a mis nietos Elena y Marc me doy cuenta de lo generadores de frustación que son.

Volvamos al ejemplo del libro que mi amigo no trajo. El enojo que siento puedo encauzarlo en dos grandes direcciones. Puedo decirle: ¡Eres un egoísta, siempre el mismo irresponsable…eres un falso… en ti no se puede confiar…! En ese caso he utilizado mi enojo para herir, castigar y hacer sufrir a mi amigo por lo que hizo. Cuando hago eso, no es por maldad. Es porque creo que sentir y expresar enojo es así: insultar, castigar y hacer sufrir.

Cuando reacciono de ese modo, provoco en el otro, en este caso mi amigo, un efecto rechazo. Él se siente herido por lo que le digo y responde, generalmente, con otro agravio: “¡Y tú siempre el mismo autoritario, crees que todos somos tus esclavos, eres un déspota!”

Entramos en una espiral destructiva. La frustración se convierte en una emoción tan potente que rápidamente nos consume, puede hundirnos y fácilmente desembocar en el odio más acérrimo.

Fue justo al alcanzar ese momento emocional cuando mi amigo me recuerda otras situaciones anteriores en las que yo quizá le herí. Y me dice: “tú eres el egoísta irresponsable y manipulador. ¡Eres un hipócrita!”…

Y así seguimos, de insulto en insulto. La intensidad continúa creciendo, cada vez nos herimos más, y al rato estamos los dos lastimados y resentidos. Ninguno quiere saber más nada con el otro… y el libro no lo recuperé.

A veces alejan más las actitudes que las distancias.

Este es un ejemplo del típico enojo que destruye. Es muy común oír después de una gran pelea en la que todos han quedado muy heridos: ¿Por qué era que empezó esta discusión?

Demasiadas veces este tipo de mensajes cala hondo en las mentes ingenuas, creando el espejismo de que es posible conseguir lo que se quiera solo aplicando el enfado. Reaccionando a la frustración sin control, algunos esperan que la realidad cambie y se ponga a su servicio. A su necesidad y voluntad. Sin ningún cambio personal. Es el todo por nada. Y es falso.

Pero hay otra manera de encarar el ejemplo del libro: aceptando y asumiendo. Saber asumir y superar las frustraciones es esencial para poder ser feliz en lo cotidiano y, por supuesto, cuando se plantean otros objetivos ambiciosos y más a largo plazo.

¿Quieres descubrir cómo es el enojo que resuelve? Descarga este mini-taller de regalo.

Es sencillo: dirije ese plus de energía sobre el obstáculo que me frustra, NO  sobre la persona.

En este mismo ejemplo le puedo decir a mi amigo, con toda la intensidad con la que lo sienta: Estoy muy frustrado y enojado. Me prometiste que me ibas a traer el libro y yo contaba con él. Lo necesito. Vamos a ver cómo me lo puedes traer. O llamas a alguien para que lo traiga o llamamos a un mensajero.

¡Fijate qué se te ocurre…! Y ahí me quedo esperando y demandando una respuesta.

Cuando concentro mi energía en esa dirección el enojo cumple su propósito esencial: darme más energía para  resolver el obstáculo que me frustra.

Este tipo de enojo se apoya en 2 pilares:

  1. expresar lo que siento ante lo que sucede y
  2. demandar la respuesta que me “des-enojaría».

Expresar la frustración y el enojo que me produce la situación es necesario para mí, para desahogar lo que me pasa y es necesario para el otro, para que pueda saber lo que me ocurre a mí ante lo que hizo, porque ese es además uno de los motores que lo ayudarán a cambiar su actitud.

Otro ejemplo: cuando se cuánto le molesta a una persona mi impuntualidad eso es algo que me ayuda a que lo tenga en cuenta y me dispone a tratar de ser más puntual. Expresar lo que siento no quiere decir enjuiciar al otro. Son dos respuestas muy distintas que es necesario aprender a distinguir con claridad.

Una cosa es decir: ¡estoy muy enojado por lo que hiciste! y otra muy distinta es decir: ¡Eres una basura, eres destructivo, una mala persona, una porquería! etc. En última instancia la esencia del enojo que resuelve es autoafirmarse con claridad, fuerza y respeto. Y para eso no es necesario descalificar ni agraviar, ni insultar. Me concentro en la acción que me frustra y demando una solución.

Te ofrezco tres sencillos pasos para mejorar la frustación:

  1. Asume que la escasa tolerancia a la frustración es un comportamiento poco maduro y caprichoso alentado por un ego inflado. Tu finalidad, a partir de ahora, es acabar con el control que ejerce el ego en tus asuntos.
  2. Aprende a relativizar. Es posible que des excesiva importancia a cosas que no la tienen pero que sacan a flote un dolor que ya estaba ahí desde mucho antes. 
  3. Entrégate un poquito más (o muchísimo más). Si afrontas un proyecto importante (como liderar a otros, una carrera universitaria, superar una adicción, autoconocimiento o mejorar tu salud, ), has de aceptar que va a exigir entrega, disciplina, y paciencia si los resultados no llegan tan pronto como se esperan.

Cuando uno aprendie a enojarse respetuosamente y lo hace, se da cuenta con más claridad de la diferencia entre un enojo y otro: si es resolutivo o destructivo (o cuánto hay de cada uno). Entonces puede distinguir qué parte de verdad puede haber en ese enojo y que reparación requiere y cuánto hay de enjuiciamiento, agravio o maltrato, que es parte de la inmadurez y la ignorancia de quien se enoja así. Cuando establezco esa distinción ya estoy en mejores condiciones de no quedar sometido al modo destructivo del enojo del otro. Además, de que el otro hace lo mejor sabe en sus circunstancias y yo tambien.

Dejar ir no significa darse por vencido, sino aceptar que hay cosas que no pueden ser.

Para reducir la baja tolerancia al fracaso, conviene gestionar tu mente y detener la percepción que te aleja de tu objetivo  y elevar la aceptación de lo que esta siendo en ese mismo momento, para encajar una negativa o un retraso.

En el Tao Te Ching está escrito: «Lo duro y rígido se romperá; lo blando y flexible prevalecerá».

Aprende a ser flexible, paciente y constante, no hay secreto. Conseguirás comprender que dice tu emoción y podrás afrontar los problemas con serenidad y enfocarte a la solución. Si te gustaría saber qué es lo que tienes qué hacer en concreto según la situación y fase de tu vida y no ir a palos de ciego, de forma reactiva, esta programa te puede interesar!

Cuando no consigues algo a la primera es para que aprendas que no es esa la manera y quizá ni el momento. Pero que sí es posible de otra manera y en otro momento.

El error ocasional no es un fracaso que te condena.

El error es semilla de éxito.

Si vienes de un estado de frustación, te invito a seguir estas 3 pautas:

  1. durante 24 horas no tomarás ninguna decisión,
  2. buscarás inspiración y
  3. diseñarás tu plan para una segunda intentona.

RETO 1: CONSCIENCIA VERBAL

“El optimista tiene siempre un proyecto. El pesimista, una excusa.” (Iosu Laoz)

Tu mente cree todo lo que le dices. Háblale bonito, hábale con fé, háblale de amor, háblale de gratitud.

Para un cambio de verdad, es muy importante ser conscientes de cómo nos hablamos por dentro, cómo nos tratamos a nosotros mismos. Si realizaste el ejercicio para crear a tu yo futuro, ¿cuál era tu forma de relacionarte contigo mismo? ¿Te querías, te aceptabas, te perdonabas, te cuidabas, confabas contigo mismo? Supongo que sí.

Pues bien, puede que por ahora no seas capaz de convertirte en su totalidad en este personaje futuro, pero sí puedes empezar a hacer algo que está en tu mano: pensar o hablarte a ti mismo de otra manera.

Desde la consciencia que yo tengo de mi en este momento, es con la que me relaciono con el otro. Porque tu mente se cree todo lo que le dices, háblale bonito, háblale de fé, háblale de amor, háblale de gratitud… ¿Pero cómo te hablas a ti mismo? ¿Eres consciente de ello? 

Descúbrelo a través de estos sencillos pasos de práctica experiencial:

  1. Durante una semana, pon al menos 3 alarmas al día en tu teléfono móvil, en horarios diferentes y en momentos que sepas que puedes atender cada alarma (no en momentos de trabajo o de sueño, obviamente). Puedes incluso ponerle un nombre especial a la alarma: CONSCIENCIA VERBAL o como preferas llamarlo, si tienes un Smpartphone.
  2. Cada vez que suene la alarma, lo único que tienes que hacer es observar la voz que ha estado sonando en tu cabeza el momento antes. Y darle un nombre: ¿es una voz positiva, negativa, protectora, benevolente, voz que critica, voz que te tranquiliza, voz que te preocupa, que te abre caminos, voz de creatividad, confanza, miedo, amor, etc.?
  3.  Cada vez que suene la alarma y prestes la atención a tu voz, dale un nombre, como he indicado más arriba y anótalo en un cuaderno o tu propio móvil.
  4. La idea es que al cabo de la semana hayas anotado tantas «voces» como puedas. Incluso si ocurre, que sin que te suene la alarma, te has dado cuenta de que hay una voz nueva dentro de ti, dale un nombre, apúntala también.
  5.  Finalmente, cuando acabe la semana, haz una lista con todas estas voces. Es probable que te sorprendas de la cantidad de voces que hay en tu cabeza día tras día.

 

PD: ya has tenido bastante por hoy. Una buena dosis de cosas en las que pensar. Pero cuando quieras pasar de la teoría a la práctica, quiero que valores la posibilidad de entrar a formar parte de mi PROGRAMA CAMINO A REINVENTARSE

Y aquí me despido, espero te haya resultado interesante y sobre todo practico, es muy importante experimentar más que pensar, por eso te invito a pasar a la práctica. Y si necesitas ayuda para sacarlo adelante, yo puedo acompañarte desde este programa.

 

Y mi deseo para ti: Tómate tiempo para hacer cosas, que hagan que tu corazón sonría!

Con amor y gratitud, te abrazo!

Anna Beusam